+ FRANCISCANAS HIJAS DE LA MISERICORDIA (2 mártires)



- Sor Catalina del Carmen (Caldés Socías)
- Sor Micaela del Sacramento (Rullán Ribot)

Beatificadas el 28 de octubre de 2007. Ambas pertenecían al Instituto de las Franciscanas Hijas de la Misericordia, fundadas en septiembre de 1856 por el sacerdote Gabriel Mariano en Pina (Mallorca). Su campo de acción eran las aldeas y pueblos pequeños, pero también las ciudades, en donde servían a los pobres y ancianos, cuidaban a los enfermos en sus casas o en dispensarios, educaban a los pequeños en guarderías, colaboraban en las parroquias, etc. En lo alto de la barriada de Vallcarca, en la ciudad de Barcelona, hay un Santuario dedicado a “Nuestra Señora del Coll”, y cerca un pequeño convento en el que estaban destinadas Sor Catalina y Sor Micaela. Allí se encontraban cuando estalló la Guerra Civil el 18 de julio de 1936.

Sor Catalina nació el 9 de julio de 1899 en Sa Pobla (Mallorca), en el seno de una familia de profundas raíces cristianas. Era la segunda de los cuatro hijos que tuvieron los esposos Miguel Caldés y Catalina Socías. Fue bautizada el mismo día de su nacimiento en la parroquia de San Antonio y a los pocos meses recibió la confirmación. Estudió en el colegio de las Hermanas Franciscanas Hijas de la Misericordia y siguió luego en contacto con ellas hasta que el 13 de octubre de 1921 vistió en Pina su característico hábito azul, profesando el 14 de octubre de 1922.


Sor Micaela
Sor Micaela nació en la villa de Petra (Mallorca) el 24 de noviembre de 1903 y recibió el bautismo al día siguiente. Desde pequeña frecuentó el parvulario que las Hermanas Franciscanas Hijas de la Misericordia tenían en el pueblo y siempre tuvo muy clara su vocación de dedicarse a los más pequeños, una vocación a ejercer la misericordia, manifestando así el amor de Dios que nos ha sido revelado en Jesucristo. Tuvo que emigrar a Valencia con sus padres por unos años y luego regresó a Mallorca. De nuevo frecuentó a las Franciscanas, colaboró en la catequesis, junto con sus amigas confeccionaba prendas y juguetes para donar a los más necesitados. No le importaron los comentarios que desató su decisión de entrar en la vida religiosa. Tampoco cambió de opinión cuando algunos le aconsejaban que entrara en otra congregación de mayor abolengo. Precisamente por su humildad y simplicidad escogía a las Franciscanas, explicaba ella a quien le planteaba alternativas. El 14 de abril de 1928 ingresó como postulante en Pina, emitiendo el 16 de octubre de 1929 la primera profesión. Al poco de hacer su profesión perpetua, el 16 de octubre de 1935, fue destinada a la comunidad del Coll.

El martirio

El 18 de julio de 1936, Sor Catalina se encontraba sirviendo de enfermera a domicilio cuando en la calle se proferían amenazas y griteríos anticlericales. Aunque le aconsejaron que no se moviera y habrían podido esconderla, prefirió reunirse con sus Hermanas para compartir con ellas el sufrimiento de aquellos momentos inseguros y regresó al convento vestida de seglar.

El 20 de julio, alrededor de las tres de la tarde, se presentó en el convento un grupo de milicianos anarquistas. Ante sus preguntas, las Religiosas se identificaron abiertamente, no ocultando ni su condición religiosa ni su misión. Después de ciertas divagaciones, los milicianos se llevaron a Sor Micaela y a Sor Catalina a la sede del comité de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), donde las tuvieron encerradas durante tres días. Fueron torturadas y recibieron un trato cruel, vejatorio y denigrante.

Luego se las llevaron a una carretera de las afueras, en dirección al Tibidabo y en la famosa curva, llamada Rabassada, fueron fusiladas junto con otras dos Religiosas de la Compañía de Santa Teresa, Madre Mercedes Prat y Prat y la Hna. Joaquina Miguel (que se salvó milagrosamente del fusilamiento), además de con el Hno. Pau Noguera, Misionero de los Sagrados Corazones, y la Señora Prudencia Canyelles, el día 23 de julio de 1936 por la tarde.


Sor Catalina
Sor Micaela murió en el acto, tenía 32 años. Pero Sor Catalina quedó malherida, por lo que, durante la noche, con grandes esfuerzos, pudo llamar a la puerta de una casa conocida, pidiéndoles un vaso de agua. Le dieron un vaso de leche y una silla para sentarse en el jardín ya que, por temor a represalias, no la dejaron entrar en la casa. Esta familia llamó a un pariente miliciano para que la acompañara al Hospital Clínico para curarla. De hecho la recogió, pero en el camino de la Vall de Hebrón la remató. Tenía 37 años de edad.

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