+ HERMANAS DE LA DOCTRINA CRISTIANA (17 mártires)



Beatificadas por Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995:

1) Madre Ángeles de San José, Superiora (Lloret Martí)
2) María del Sufragio (Orts Baldó)
3) María de Montserrat (Llimona Planas)
4) Teresa de San José (Duart Roig)
5) Isabel (Ferrer Sabriá), co-fundadora, tenía 84 años.
6) María de la Asunción (Mangoché Homs)
7) María Concepción (Martí Lacal)
8) María Gracia de San Antonio

9) María del Sagrado Corazón (Gómez Vives)
10) María del Socorro (Jiménez Baldoví)
11) María Dolores (Suris Brusola)
12) Ignacia del SS. Sacramento (Pascual Pallardó)
13) María del Rosario (Calpe Ibáñez)
14) María de la Paz (López García)
15) Marcela de Santo Tomás (Áurea Navarro)
16) Amparo (Rosat Balasch)
17) María del Calvario (Romero Clariana)


De la correspondencia que mantuvieron las Hermanas durante los años 1931 al 1936, y que se intensificó en los últimos meses, se deduce que eran conscientes de los acontecimientos del momento en que vivían y del peligro en que se hallaban. Las sostenía su fe y el ánimo que mutuamente se daban. Algunas de ellas hubieran podido salvar la vida refugiándose entre sus familiares, que tanto les insistían, pero no lo hicieron. La caridad las mantuvo, unidas a sus hermanas. La oración continua, la confianza en Dios, el animarse mutuamente, la angustia de los «registros» casi diarios, las abundantes cartas de ánimo a las Hermanas dispersas, las tristes noticias…, fueron el Getsernaní personal ante la muerte que se avecinaba.

Haciendo cada vez más suyas las palabras y el ejemplo del Señor, su último servicio fue trabajar la ropa y tejer los jerseys de aquellos que consumaron la ejecución de sus vidas. Éste fue el testimonio de amor humano y específicamente cristiano, perfectamente conjuntados, que nos dieron durante los cuatro largos meses que precedieron a su muerte martirial.

El 20 de noviembre de 1936 un microbús fue a recogerlas a la calle Maestro Chapí, n‑ 7, de Valencia para su último viaje. Desconocían el destino, pero lo sospechaban. Salieron de casa animándose, rezando y perdonando. La Madre Ángeles de San José había alertado ya a sus compañeras para el momento supremo: «Todos los males y los bienes están pesados, medidos y contados por quien puede servirse de ellos para nuestro bien». «Ni nos pondrá más carga que la que podamos sobrellevar, ni nos dejará llevar solas el peso de la tribulación». «Ayudémonos mutuamente en los angustiosos momentos que atravesamos y, sí es voluntad del que todo lo puede, que no nos volvamos a ver acá abajo, que nos unamos en abrazo eterno en el Cielo».

La fe, la esperanza y el amor que Dios había puesto en la Madre Ángeles y en sus compañeras el día de su bautismo, habían crecido y dado fruto según los talentos que cada una había recibido. Por eso, en aquel anochecer del 20 de noviembre de 1936, además de las ásperas órdenes del pelotón, oyeron la voz amorosa del Padre que les decía: «Entra en el gozo de tu Señor».

La Madre Sufragio, última en morir, recogiendo el sentir comunitario, dio el último grito glorificando a Dios y diciendo: «Viva Cristo Rey». Fue la última «buena noticia» que daba al mundo en tinieblas, desde los primeros destellos de la luz del Reino. Las balas acallaron sus labios, pero, desde entonces, su muerte grita para siempre la fuerza del Evangelio. Sus cuerpos cayeron al suelo en el picadero de Paterna, Valencia.

En solitario vivieron su prisión la Madre Amparo Rosat y la Hermana María del Calvario, en la cárcel de Carlet, hasta que en la noche del 26 de septiembre dieron su vida como testimonio de su fe. Fueron fusiladas en el Barranco de los Perros en las cercanías de Llosa de Ranes (Valencia).

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